Yo tenía 7 años. Después de unos años en nuestra casa la familia creció. Hubo que cambiar aquel espacio en el que ya no cabíamos. Nos mudamos temporeramente, mientras se construía el nuevo espacio. En ese lugar temporero encontré espacio para seguir desarrollándome, para jugar, vivir, sentir.
Un día jugando pelota (beisbol) me agaché y se rompió mi pantalón. Subí a la casa y me lo cambié por otro, me agaché para continuar el juego y se rompió mi segundo pantalón e igual con el tercero.
Mi madre, sonriendo, me dijo que ya había crecido. Que aquella ropa ya no me quedaba, no me servía, no era para mi.
Y como ese ciclo es permanente después de varios meses volvimos a nuestro antiguo terreno... esta vez con una nueva casa. Una que se ajustó a nuestro crecimiento.
Ya la casa cambió nuevamente. La ropa también. Y yo... sigo creciendo.